BUSCANDO EL TÉRMINO MEDIO

Estoy metido de lleno en la redacción de mi nueva novela. Su argumento y título sólo lo saben unas pocas personas de mi total confianza y a todas ellas les ha parecido muy buena idea y muy buen título.

Esta novela ya la tenía escrita. Creo que fue hace diez años cuando le puse el punto final y se la di a leer a Sonia, que por aquel entonces era mi novia y que ahora es mi mujer. (Pobrecita, yo creo que aún no es consciente de lo que hizo).

Su dictamen fue muy benevolente. Me dijo: —Está bien. Me encanta el título. Tiene alguna cosa interesante. La idea es buena. —Ahí se plantó. No quiso hacer sangre.

Yo me quedé con la mosca detrás de la oreja, pero no dije nada. Fiel a mi costumbre guardé la novela, la dejé reposar y la releí un par de años después.

¡Menos mal que hice eso! Si la llego a airear, seguro que me detienen. Era algo tan empalagoso que hubiera subido los niveles de azúcar a cualquier lector medio.

No obstante, mérito había. Conseguir enterrar una historia de crímenes brutales: ácida como un limón, amarga como el vinagre, corrosiva como la sal, en miel, azúcar y canela de tales proporciones que los Osos Amorosos parecen macarras de la calle Montera al lado de esto, no es fácil.

El otoño se comió al verano, el invierno al otoño, la primavera al invierno… Vale, hasta aquí, que vosotros sois lectores inteligentes y sabéis que estoy hablando del paso del tiempo.

Una vez que había conseguido publicar mi primera novela: ¡Dios mío!, líbrame de los malos actores, volví los ojos a los otros trabajos que emprendí tiempo atrás, seguro de que la experiencia de esta primera publicación iba a ayudarme.

Miré en mis archivos. Además de la historia no apta para diabéticos tenía acabadas otras dos novelas, muchos relatos cortos, casi medio centenar de cuentos para niños, varias obras de teatro esperando su oportunidad para darse a conocer al mundo y un número impreciso de borradores con ideas que, en su momento, me parecían que podían tener salida. De entre todo esto; ¿por qué me decidí a retomar esta historia que, sin querer, convertí en la casita de chocolate de la bruja de Hansen y Gretel? Por tres razones.

La primera, porque la idea es buena.

La segunda, porque los personajes, los ambientes y las situaciones, las tengo claras y bien definidas.

Tercera y fundamental, porque me da la gana.

En ella estoy trabajando. Eso sí, dándole tantas vueltas que el romanticismo ñoño y simplón está siendo sepultado por una realidad inquietante. ¿Me estaré pasando?

Voy a buscar un término medio.

Lee mucho, escribe mucho y luego me lo cuentas.

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