LA ISLA DESIERTA

Por suerte estoy escribiendo esto en el 2019.

No lo puedo asegurar, pero dudo que en estos momentos quede alguna isla desierta en el globo terráqueo. Me imagino, que en el Océano Pacífico es donde hay más posibilidades de encontrar islas deshabitadas. Sin embargo, un trozo de tierra con arena fina y una o varias palmeras destacándose en su inútil intento de llegar al cielo, si existe, ya lo habrá comprado una estrella de Hollywood o será el laboratorio para pruebas nucleares de alguna superpotencia que estará ahora mismo firmando un acuerdo de paz.

Así que, por una cuestión de imposibilidad, no tengo por qué plantearme cómo sería mi diario vivir en una isla desierta.

Soy un tipo al que le gusta la soledad. La busco. Me apetece estar conmigo mismo una o varias veces a lo largo de un mismo día. Por eso mismo, valoro mucho la posibilidad de estar rodeado de personas cuando yo quiero.

Si el trozo de tierra rodeado de agua por todos los lados en medio de un océano existiera, lo que yo me llevaría sería una caja de herramientas para hacerme una barca y volverme.

No obstante, pongamos que en un alarde de originalidad alguien me hiciera la pregunta:

—¿Y usted qué tres cosas se llevaría en una isla desierta? 

Obviando la respuesta de la caja de herramientas, tendría que pensar en qué me llevaría.

Las cosas que no me llevaría, las tengo más claras. Bueno sí, me las llevaba para dejarlas allí por siempre. El problema estriba en cuales.

Empezando por la lista, lo primero que me viene a la cabeza son libros: todos los que me quedan por leer, todos los que quiero releer.

Después me llevaría personas. Muchas personas. Todas las que quiero y todas las que me quieren.

Sólo con estas dos cosas el tamaño de la isla empezaría a ser considerable.

Para completar el trío de cosas, me llevaría material para escribir: cuadernos, cuadernos y cuadernos. Bolígrafos, bolígrafos y bolígrafos.

Y tú, ¿qué te llevarías a una isla desierta?

Lee mucho, escribe mucho y luego me lo cuentas.

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