¡QUE MALA ES LA ENVIDIA!

Hace muchos años, recién salido de la niñez, apoltronado ante un televisor en blanco y negro, vi un programa que juntaba la opinión y el debate. No recuerdo de qué hablaban, ni quiénes eran los cerebros que expandían su sapiencia en el plató. Sin embargo, se me quedó grabado algo que dijo uno de ellos.

—En el reparto de defectos entre las naciones a Francia le tocó la avaricia, a Inglaterra la hipocresía y a España la envidia.

Caminando por la vida he visto que personas con una avaricia desmedida están por todo el globo terráqueo, individuos que dicen una cosa y actúan de otra manera los encuentras en todas las naciones y hay envidiosos desde la cima del Everest a la fosa de las Marianas.

Aunque también es cierto que la envidia es el defecto más difícil de gestionar. El avaricioso puede utilizar esta característica y convertirse en un ahorrador. El hipócrita puede tener una brillante carrera profesional a base de hacerles la pelota a sus superiores. Si se tiene gula, se puede aprovechar para aprender a cocinar. Si es lujuria te das alegría para el cuerpo y si de pereza hablamos, se pueden perfeccionar las distintas maneras de estar tumbado. Pero, la envidia. ¿De qué vale la envidia?

Cuando estudiaba arte dramático descubrí que todos los seres humanos somos capaces de ser héroes o villanos, egoístas o generosos, valientes o cobardes, brillantes o desastres, mentirosos o sinceros, creativos o inútiles. Depende de la situación que nos encontremos. Por eso el artista es capaz de entrar en la piel de los seres humanos y ponerles de espejo para horror o compasión del resto.

La envidia es algo que se percibe en todos los órdenes. Lo he visto entre vecinos.

—¡Fíjate tú en ese! Se cree un rey y es un centollo.

Lo he visto en el ámbito laboral.   

—¿Por qué Mariano tiene un equipo mejor que el mío?

Lo he visto en el colegio.

—Ramón saca mejores notas que yo, porque es un pelota.

Lo he visto en los campos de fútbol.

—¡Se creen el mejor equipo del mundo! Si es que son unos chulos. No hacen más que ganarnos.

Lo he visto de un pueblo a otro, de una región a otra.  

—Estos vienen aquí y se creen… no sé qué se creen.

El envidioso es un ser que refunfuña, exhibe gestos y palabras ofensivas y lo pasa mal, muy mal.

Ahora, voy a cumplir un deber ciudadano y voy a dar un aviso muy importante: Tened cuidado, envidia tenemos todos. Lo que hay que hacer es detectarla y arrinconarla entre la generosidad, el trabajo, la admiración y el elogio. Si no lo haces así la envidia te volverá más feo, te bajará las defensas, hace que los alimentos no te sepan bien (por la bilis que segregas) y lo peor de todo; tus vástagos acabarán emparejados con inspectores de hacienda. Aviso.

La envidia no deja que avances en tu profesión. El tiempo que empleas en rabiar o desprestigiar lo pierdes en mejorar las acciones que realizas.

Un artista envidioso está perdido. Todo el que proclama que los que tienen éxito es porque:

  • el público es idiota;
  • la gente es analfabeta;
  • hace cosas facilonas para la masa;
  • son unos trepas;
  • son pelotas;
  • son unos arribistas.

El que va diciendo estas cosas, es un artista mediocre que si dedicara la mitad de su tiempo a perfeccionar su arte y no a criticar, mejoraría de forma considerable.

Con todo esto, el asunto de la envidia no lo ha tratado el arte tanto como debiera. ¿Por qué?, ¿qué razón existe para que una temática tan universal apenas tenga cabida? En mi opinión es que como espectadores no queremos vernos reflejados en algo tan vil como la envidia.

Ver en el espejo del escenario, de la letra impresa, de la escultura, del lienzo, de la pantalla, un reflejo retorcido y pestilente de nuestro interior, hace que inmediatamente apartemos la mirada de allí.

El artista tiene que comer y es por ello que a la hora de componer sus historias, prefiere centrarse en el odio, la lucha de poder, el desenfreno, los celos, la estupidez o el orgullo, lo que es un asunto de envidia que desencadena conflictos y situaciones límite.

Yo sólo he encontrado tres ejemplos de obras que dediquen a la envidia su razón de ser.

En novela Abel Sánchez  de Miguel de Unamuno. En el teatro Otello de Shakespeare, ejemplo de lo que he dicho en los párrafos precedentes. El autor inglés hace que su protagonista Yago, sea un envidioso de tal calibre que lleva la desgracia a todas partes. Sin embargo, los románticos se encargaron de que el protagonista fuera Otello y reconducir toda la historia a los celos, que si bien son terribles, al menos los miramos con la suavidad de decir —Es que la quiere.  

Otro ejemplo que he encontrado fue El joven aprendiz de pintor  https://www.youtube.com/watch?v=XC-DPyd92qI canción de Joaquín Sabina que nos habla de cómo la fama y el triunfo hace aflorar el resentimiento de los que rodeaban a quién por fin, pudo conseguir chocarle las manos a dioses del Olimpo.

Estos son los tres ejemplos que yo he encontrado, aunque hay un cuento o fábula que está en uno de los libros escolares de mis hermanos. Lo que pasa que está en Madrid y hasta que no vaya allí no podré mirarlo con tranquilidad. En cuanto lo haga, tendréis un artículo sobre ello.

Bueno, ya sabéis, no seáis envidiosos que os vais a perder bellos paisajes y personas estupendas.

Lee mucho, escribe mucho y luego me lo cuentas.

Deja un comentario